El 5 de marzo, el mundo conmemora el Día Internacional para Concienciar sobre el Desarme y la No Proliferación.
Este año, la efeméride llega en un momento especialmente delicado: el conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos mantiene en vilo a la comunidad internacional, con amenazas que incluyen capacidades nucleares y armamento de alto poder destructivo. La proclamación de Naciones Unidas no es un simple gesto simbólico. Es un recordatorio de que la acumulación de armas no construye paz, sino que profundiza el miedo y la desconfianza entre naciones. Gobiernos, organizaciones civiles y ciudadanos tienen una responsabilidad compartida: exigir que la diplomacia prevalezca sobre la fuerza. Oriente Medio necesita diálogo, no escalada. En un mundo donde una decisión equivocada puede tener consecuencias irreversibles, apostar por el desarme no es ingenuidad. Es, quizás, el acto más sensato que la humanidad puede elegir.
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