Tener futbolistas ecuatorianos en una final del balompié mundial no es un dato deportivo menor. Es un escaparate gigante con incontables beneficios. Millones de espectadores en todo el planeta escuchan el nombre de Ecuador, buscan las raíces de Wilian, de Piero, del fútbol nacional en sus pantallas, Googlean de dónde viene ese talento y descubren un país que tiene mucho más que ofrecer que noventa minutos de fútbol. Ese impacto se traduce en turismo. Los viajeros quieren conocer esas tierras, la cuna del poder defensivo de dos jugadores campeones. Ecuador gana una visibilidad que ninguna campaña publicitaria lograría comprar. Pero hay algo que va más allá del dinero: la identidad. Ver la bandera amarilla, azul y roja en la cancha más importante del mundo une a los ecuatorianos de Ibarra a Guayaquil, de la Costa a la Sierra. El fútbol, cuando llega a estas alturas, deja de ser un juego y se convierte en orgullo colectivo.
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