Imbabura y Carchi son dos joyas guardadas entre montañas

IBARRA.- Las palabras “conservación, naturaleza y vida” están presentes en todas las actividades de Francisco Javier Robayo, director ejecutivo de la Fundación EcoMinga que el pasado 18 de julio fue parte de un hecho sin precedentes; la declaratoria de área protegida de la Reserva Drácula, localizada en la parroquia de El Chical, cantón Tulcán (frontera con Colombia) y que es considerada la joya del norte del país por su alta riqueza en biodiversidad.

Javier Robayo lleva más de dos décadas entre la Amazonía, los páramos y los manglares del “lindo Ecuador”. Estudió Ecología Aplicada en la Universidad San Francisco de Quito, pero sus primeros pasos los dio en los bosques nublados de los Llanganates, cuando acompañaba a su padre a diferentes expediciones y a su familia, que son de Pillaro, a recoger plantas y leña para el fogón.

Este contacto con la madre naturaleza se hizo más profundo en la primera etapa de la universidad cuando asistió a una charla magistral de Lou Jost quien después se convirtió en su maestro y su “jefe” en este gran proyecto llamado EcoMinga.

“Me quede realmente fascinado sobre la combinación del uso de las orquídeas como elementos de conservación de los bosques nublados”, dijo Robayo.

Ecuador es uno de los 17 países megadiversos del mundo y decidir donde realizar tareas de conservación es complicado. Por esta razón su trabajo con está fundación le llevó a recorrer Carchi, Imbabura y Tungurahua. Estas provincias cuentan con sitios con una biodiversidad “única”.

Sus primeras tareas profesionales las ejecutó en la Fundación Jocotoco, encargada del cuidado y observación de las aves. “Yo me considero un trabajador de la conservación, más que un biólogo o un botánico y creo que soy un puente entre los científicos, los políticos y la comunidad”.

En su camino, el director de Ecominga considera que Imbabura y Carchi son dos joyas escondidas entre neblina y montañas y que deben ser expuestas. “Lo que no se conoce no se puede llegar a proteger”, concluye.

Robayo es quiteño, como su madre Wilma y con raíces de Píllaro por su padre Francisco. Estudió en el colegio Gonzaga y el apoyo de su familia ha sido fundamental. Su esposa Claudia es empresaria y con sus pequeños hijos: Manuela y Santiago comparte un proyecto educativo de conservación de ranas.