En un mundo que avanza a toda prisa, hay saberes que trascienden en el tiempo. María Guacán, mujer indígena de 53 años, es testigo y guardiana de uno de ellos desde hace más de veinte años: la medicina ancestral. Partera, curandera y maestra, trabaja en el subcentro de salud de La Esperanza y también en su hogar en la comunidad de Naranjito en Caranqui (cantón Ibarra), donde cada día demuestra que el conocimiento de las plantas y el poder de la tradición siguen sanando cuerpos y almas.
El “don” de sus manos
María se desempeña como partera, una labor que aprendió de su madre. Con seguridad, ella afirmó que de las mujeres embarazadas que ha atendido a lo largo de su trayectoria ninguna ha requerido cesárea y que además, sus hijos nacieron «completamente sanos».
Ella no solo atiende partos; también realiza limpias de “sombras” para quienes han sufrido un susto por el agua, o los animales. Con delicadeza toca las venas a la altura de la cervical para identificar el malestar del paciente, de hecho, esa es una de las particularidades de su práctica de sanación. Luego aplica una poción especial preparada por ella misma con hojas medicinales que reposan por un tiempo aproximado.
Antes de empezar, reza con fervor: “Primero Dios y luego mis manos”, dijo mientras se disponía a «sacar la sombra» de una mujer que fue en busca de su conocimiento ancestral.
El poder de las plantas
En su casa hay un pequeño huerto donde cultiva lavanda, sábila y otras plantas medicinales. Pero para algunas hierbas específicas se adentra en el “monte”, caminando hasta más de media hora entre senderos verdes, allí donde la tierra guarda sus secretos.
Cada planta tiene una historia y un uso medicinal según la dolencia, que con la mezcla “correcta” se convierte en una cura natural.
Sabiduría que se comparte
Para María, su don no es algo que deba quedarse solo en ella. Por eso, compartió su conocimiento con estudiantes de la Unidad Juan de Dios Navas, ubicada en parroquia para la elaboración de pomadas medicinales. María además de ser una mujer que resguarda sabiduría ancestral; es también un símbolo de esperanza para su comunidad.
Su sonrisa es amplia, sus palabras siempre traen un consejo, y su fe la acompaña en cada jornada. Habla de Dios y de la Pacha Mama (madre tierra) con reverencia. Mientras en su huerto brotan nuevas plantas, en su corazón late la esperanza de que sus saberes sigan creciendo en otras manos, generación tras generación.