La sensación de los ecuatorianos en los últimos años, incluidos los diez meses de gestión actual, es que nuestra democracia está debilitada por culpa de una clase política enferma que ya no responde a las expectativas ciudadanas, sino a prebendas, privilegios y corrupción. Los últimos acontecimientos a nivel de gobierno nacional y de ciertos gobiernos locales, desgasta la confianza ciudadana, lo cual merma también la imagen del país en el contexto internacional en cuanto al ejercicio democrático y la lucha contra las desigualdades. Hoy, los politiqueros nacionales y locales, no tienen el menor pudor para venderse por un plato de lentejas a cambio de saborear las mieles del poder.