La absurda justificación de culpar a la naturaleza por acciones que se pudieron haber remediado en su momento, a través de inteligentes y atinadas acciones, está por demás. Ahora, cuando vemos que la historia se repite con consecuencias terribles por el desbordamiento de quebradas como sucedió el lunes en el sector La Gasca en Quito, no encontramos palabras para descifrar la tragedia que ha cobrado la vida de inocentes ciudadanos, ha desaparecido a otros, herido a unos cuantos y ha terminado con bienes de estimable valor. La vida no se recupera con pretextos, cuando de por medio, en muchos casos a nivel nacional, es evidente que la inmoralidad pública ha reemplazado a la ética.