Hoy, cuando el Valle del Tomebamba vuelve a llenarse de música, color y alegría popular, Cuenca —la Atenas del Ecuador— celebra 449 años de vida fundacional con el mismo espíritu de quien sabe que su mayor riqueza no está en el mármol de sus iglesias, sino en el alma vibrante de su gente. Por sus caminos, atraviesan los ríos Tomebamba, Yanuncay, Tarqui y Machángara, esta ciudad de flores y artesanos ha sabido custodiar su pasado sin renunciar al presente. Sus tejidos, bordados, cerámica y platería son sinónimo de una creatividad que no tiene fin. Y en las plazas, la Chola Cuencana —con su sombrero de paja toquilla y su sonrisa generosa— sigue enamorando a propios y extraños, como lo ha hecho a través de los siglos. Mención aparte tiene la calidez de su gastronomía: tamales, humitas, fritada, cuy asado y los dulces que endulzan la memoria de todo cuencano. Una mesa que es, también, un abrazo a la identidad.