En un ambiente marcado por la satisfacción y cierta emoción colectiva, ayer se clausuró el programa de Escuelas de Campo en el barrio Cuesaca de la ciudad de Bolívar. Durante seis meses, un total de cincuenta beneficiarios, hombres y mujeres, participaron activamente en este espacio de aprendizaje agrícola. El propósito: capacitar en prácticas sostenibles para la producción de alimentos saludables, más allá de la simple teoría.
Las jornadas incluyeron clases prácticas sobre preparación de suelo, construcción de semilleros, elaboración y aplicación de fertilizantes orgánicos; asimismo, los asistentes descubrieron cómo producir Biol, un abono líquido natural capaz de regenerar la fertilidad del terreno. En tanto, facilitadores guiaron experimentos colectivos en parcelas reales para observar resultados inmediatos.
Aprendizaje práctico
Además, se promovió el trabajo en equipo: las personas compartieron experiencias, discutieron retos locales y buscaron soluciones conjuntas. La idea fue que las herramientas técnicas no se queden solo en remembranzas del curso, sino que se transformen en acciones concretas dentro de hogares y fincas del sector.
Este enfoque participativo persigue fortalecer la seguridad alimentaria local y consolidar cadenas productivas más resilientes. El proceso contó con respaldo institucional: ACNUR, FUDELA, la Prefectura del Carchi, el INIAP y el Consejo Cantonal de Protección Integral de Derechos del cantón Bolívar colaboraron con recursos, coordinación y acompañamiento técnico.
Este esfuerzo conjunto evidenció un compromiso con el desarrollo sostenible y el bienestar de las familias bolivarenses.
Compromiso institucional
Durante el acto de clausura, los asistentes recibieron certificados de participación, paquetes de semillas adaptadas al clima local y herramientas agrícolas. Para muchos, este reconocimiento representó un estímulo para continuar.
Algunos comentaron con orgullo que ya proyectan aplicar lo aprendido en cultivos propios, compartir técnicas con vecinos y diversificar su producción.
En suma, la clausura marcó no un final, sino el inicio: ahora corresponde que cada beneficiario transforme conocimiento en acción.