Cada 2 de noviembre, el pueblo Kichwa Otavalo mantiene viva una tradición ancestral que va más allá del recuerdo de los seres queridos: el Huaccha Caray, un acto que combina espiritualidad, alimentos y solidaridad.
Tradición de las familias
Según Luzmila Zambrano, coordinadora del Museo Viviente Otavalango, esta práctica tiene sus raíces en los saberes transmitidos por abuelas y abuelos, quienes enseñaron que el Día de Difuntos es también para honrar la vida y compartir con los demás.
“Para nosotros, como pueblos originarios, el 2 de noviembre es un recordatorio para quienes ya partieron al otro mundo”, mencionó Zambrano. Días antes se reúnen las familias para hacer el pan y el champús, o ahora también la colada morada, según explicó.
Los alimentos que se preparan para esta fecha provienen de la cosecha. Cada ingrediente representa el fruto del trabajo con la tierra, por lo que las familias comienzan a sembrar con anterioridad para obtener la cosecha en noviembre.
Visita a los cementerios
La jornada de finados inicia muy temprano con la preparación del cucabi, una comida tradicional que las familias llevan al cementerio. Allí, entre rezos y plegarias que no son necesariamente cristianas, se nombra a los seres queridos fallecidos mientras se comparte alimento.
Cuando alguien reza, mencionan el nombre de los abuelos y los padres, recordando que “el espíritu que se fue, existe y tiene otra vida”.
Durante la visita al camposanto, las familias colocan sus ofrendas sobre las tumbas y comparten sus comidas con vecinos o desconocidos, en un gesto de trueque y comunión. “Es una reunión en comunidad, con nuestros familiares, con nuestros amigos y, eso para nosotros es de vital importancia”, señaló.
En medio de la ceremonia, aparecen los niños vestidos de blanco con pañuelos azules y rosarios, que simbolizan a los ángeles correteando entre las tumbas y rezando. Su presencia recuerda la inocencia y la conexión entre el mundo terrenal y el espiritual.
