La Hermana Susana Chiquito Tituaña, religiosa de la orden de Santa Clara de Asís, ha dedicado más de tres décadas de su vida al servicio espiritual y social en la ciudad de Ibarra. Aunque nació en la provincia de Tungurahua, desde 1992 reside en la capital imbabureña, donde fue una de las fundadoras del convento y capilla del Divino Niño, ubicados en el sector de Yacucalle.
Camino de fe
Su acercamiento a la vida espiritual comenzó desde temprana edad. Según relató, su interés por el servicio religioso surgió de forma natural. “Sin saber cómo era la historia. Fui estudiando y me enamoré de la vida franciscana”, recordó la hermana Susana.
A los 16 años de edad tomó la decisión de seguir la vida religiosa. Se trasladó a la provincia del Carchi para iniciar su proceso de formación, el cual se extendió durante una década. En ese periodo consolidó su fe y la misión de servicio. “Ahí yo tomé ya el anillo, mi alianza con el Señor”, explicó.
Durante su permanencia en Carchi participó en misiones y actividades pastorales. Visitó caseríos, colaboró en procesos de catequesis y trabajó con grupos juveniles. “Estaba ya bien implantada en el corazón del carchense”.
Misión en Ibarra
Sin embargo, su camino cambió cuando recibió una nueva misión. La superiora de la congregación le pidió colaboración en la fundación de una casa religiosa en la ciudad de Ibarra.
La transición no fue sencilla. La hermana Susana dejó atrás una comunidad en la que ya se sentía plenamente integrada. Aun así, aceptó el nuevo reto y llegó a un nuevo destino con otras religiosas de la orden.
En sus primeros años vivieron en una vivienda cercana a la iglesia del Quinche. Posteriormente, tras siete años de trabajo y gestión, se trasladaron a un terreno en el sector de Yacucalle, donde iniciaron la construcción del convento y de la capilla del Divino Niño.
Las religiosas impulsaron diversas actividades comunitarias para fortalecer la vida espiritual del sector. Organizaron novenas durante la Cuaresma, celebraciones del vía crucis y encuentros con jóvenes. “Poco a poco se fue haciendo la casita”, relató la Hermana.
Con el paso de los años, la construcción del convento, la iglesia y un comedor para adultos mayores se concretó con aportes solidarios. “Gracias a Dios y a las personas de buen corazón que nos han ayudado”.
