Paraguay vivió en días lo que parecía impensable: un presidente que renuncia mientras el Congreso avanza en su destitución, y un vicepresidente que hereda el poder en medio del escándalo. Detrás está Ueno Bank, cuya intervención dejó sin acceso a sus ahorros a cerca de tres millones de clientes y llevó la indignación a las calles. Hay tres lecturas posibles. Peña habla de un gesto de responsabilidad para preservar la paz social. La oposición y los manifestantes ven un conflicto de intereses: el vínculo del mandatario con el grupo propietario del banco y el nombramiento de un exejecutivo de la entidad al frente del Banco Central. Y desde la política interna, el Partido Colorado habría retirado su respaldo para proteger su continuidad en el poder. Quizá las tres sean parciales y ciertas a la vez. Lo esencial, sin embargo, trasciende al personaje: cuando la frontera entre poder político y poder financiero se difumina, pagan los ciudadanos comunes. La democracia paraguaya superó el primer examen; el segundo será garantizar justicia real y recuperar la confianza pública.
