domingo, 9 agosto 2026
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Lee y escucha el relato completo de Dorys Rueda:

Hace mucho tiempo, en la ciudad de Otavalo, había un hombre cuya pobreza era tal que no podía ni siquiera alimentar a su familia. Desesperado, vagaba por todo el pueblo.  Un día, mientras caminaba por un sendero solitario, se encontró con un ser enigmático: elegante, alto, delgado, con ojos penetrantes y nariz recta. El extraño le preguntó qué le ocurría. El hombre, abatido, le narró sus penurias y la extrema necesidad en que vivían él y su familia.          

El extraño lo escuchó atentamente y le ofreció una salida a su miseria. Le dijo que, si acudía a la medianoche al bosque junto a la quebrada, recibiría ayuda. Aunque el hombre sintió un escalofrío recorrerle la espalda, ya que recordaba las historias que sus padres le habían contado sobre los pactos diabólicos, la promesa de una solución era demasiado tentadora para ignorarla, porque el extraño le ofrecía la única esperanza que había tenido en mucho tiempo.   

A la hora indicada, el hombre se adentró en el bosque. La oscuridad y el silencio eran tan intensos que solo se oían los latidos de su corazón. De repente, entre la oscuridad y la niebla, surgió una luz brillante. De esa luz, rodeado de llamas, emergió una figura aterradora. No era el hombre elegante con el que había hablado, sino el diablo, con piel roja, cuernos y cola. Su figura se hacía más clara a medida que avanzaba. 

El extraño dijo: “Soy Lucifer, rey de los infiernos. Te daré una cantidad de dinero inimaginable, para que te dure 10 años”.

“¿Y cómo te pagaré?”, preguntó el hombre. 

“En 10 años, regresarás a este lugar a la misma hora. Estaré aquí para llevarme tu alma al infierno”, respondió el diablo.

Con su nueva riqueza, el hombre olvidó rápidamente las palabras de Lucifer y durante 10 años vivió en abundancia. Compró una gran hacienda, contrató empleados, viajó por el mundo y ayudó a los necesitados, ganándose el respeto, el cariño y la admiración de muchos otavaleños. 

A los 10 años, sus hijos ya no estaban más con él. Algunos se habían casado y otros se habían ido a vivir fuera del pueblo. El dinero que había recibido del diablo, casi se había terminado, por los gastos y la ayuda que había dado a las personas del lugar. A medida que se acercaba el día de la reunión con Lucifer, el hombre se arrepentía del pacto que había hecho.   Sin poder más del sufrimiento, fue a confesarse con el sacerdote de la única iglesia que había. Le contó del compromiso que había hecho con el diablo, años atrás y se mostró muy arrepentido de ese gran pecado.

El cura lo absolvió y de penitencia le mandó a rezar y a deshacerse de todo lo que había comprado con el dinero de Satanás. Le dijo que el día de la reunión llevara al bosque una buena cantidad de agua bendita y a dos niños recién bautizados que debían llorar cuando apareciera el diablo.

Siguiendo el consejo del cura, el hombre regresó al bosque llevando agua bendita y a dos de sus nietos recién bautizados. Cuando Lucifer apareció, el hombre pellizcó a los niños que comenzaron a llorar de inmediato. El diablo retrocedió y el hombre aprovechó para tirarle agua bendita, hasta que el espectro desapareció.

El ciudadano consiguió un sencillo trabajo para sobrevivir. Hasta su muerte, fue ejemplo de humildad y amor. En su pobreza, jamás dejó de socorrer al necesitado.

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