En Otavalo, una tierra donde la música tiene alma propia, el luthier Santiago Ayala se ha convertido en un puente para crear la melodía perfecta. En su taller, donde el sonido nunca se apaga, entre madera, lijas y cuerdas, cobran forma bandolines, charangos, guitarras, requintos y mandolinas.
Sabiduría heredada
De la mano de su mentor Jorge Campos Vela, un experimentado y reconocido fabricante de bandolines de Otavalo, Ayala adquirió todos sus conocimientos artesanales.
“La persona no se hace, nace con las habilidades”, comenta al recordar sus 28 años en la luthería, un trabajo poco reconocido en Ecuador, pero profundamente ligado a la identidad musical andina.
Aunque la necesidad lo llevó a aprender el arte de la fabricación de instrumentos de cuerdas, de a poco creció su vocación por ellos.
Empezó cuando apenas tenía 14 años y hoy en día, sus creaciones acompañan en el escenario a una gran cantidad de agrupaciones musicales, entre los que nombra a Ñucanchi Ñan, Winiaypa, Ñanda Mañachi, Jayac, entre otras. Además, recientemente realizó un envío a Corea del Sur.

Comprender al instrumento
Santiago no se considera un músico, pero asegura que el tiempo le educó el oído. “Al tener al instrumento todo el tiempo en mis manos, se ha ido educando el oído”, expresó. Hoy, es capaz de reconocer fallas y errores en su construcción, así como distinguir cuál está hecho para el escenario y cuál para un estudio de grabación.
El charango fue el primer instrumento que realizó. Después llegaron guitarras, requintos, mandolinas y, sobre todo, el bandolín, que identifica al negocio familiar.
Más calidad que cantidad
Entre todas sus creaciones, existe una de la que habla con especial orgullo: un bandolín electroacústico diseñado por él mismo. Lo fue perfeccionando poco a poco, modificando formas y abriendo nuevos orificios hasta alcanzar un sonido pensado para escenarios modernos.
En su taller no se produce en masa. Ayala se apartó de esa lógica; prefiere construir menos piezas y dedicarles más tiempo.