Mientras el mundo se preparaba para honrar a las mujeres rurales el 15 de octubre, Otavalo vivió una jornada que reveló una fractura muy profunda. Policías y militares ingresaron a barrios y comunidades, dispersando manifestaciones con fuerza pocas veces vista. Del otro lado, la resistencia también mostró su rostro más duro, obligando al cierre de locales a punta de palos y piedras. ¿Cómo tender puentes cuando el aire está cargado de gases lacrimógenos? ¿Cómo dialogar cuando los gritos de dolor, de racismo y de ira ahogan las palabras? Las mujeres rurales —esas mismas que merecían reconocimiento— quedaron atrapadas en medio del fuego cruzado, protegiendo a sus hijos, sus hogares, sus tierras. La ONU nos convoca a empoderarlas, pero ¿qué empoderamiento es posible cuando la violencia se naturaliza? El diálogo exige territorios libres de miedo. Mientras sigamos apostando por la fuerza sobre la razón, toda herramienta de entendimiento resultará inútil. La paz no se impone: se construye.
