Esta semana, cientos de miles de estudiantes de la Sierra y el Oriente regresan a las aulas, con expectativas y mochilas nuevas y la promesa de un año lectivo que debería significar oportunidades. Pero detrás de ese regreso masivo hay una cifra que no podemos ignorar: más de 450.000 niños y adolescentes ecuatorianos, entre 5 y 17 años, permanecen fuera del sistema educativo, según el propio Ministerio de Educación. Se trata de una señal poco alentadora que merece prioridad. Uno de cada diez niños en edad escolar no está inscrito en ninguna de las 16.000 instituciones educativas del país, y cada vez más se insertan en actividades delictivas y dinero fácil. Aquí el problema de fondo.
La migración interna, la pobreza y la desintegración familiar empujan a miles de familias a la itinerancia, dejando a sus hijos sin continuidad escolar. Y cuando un niño sale del aula, rara vez el vacío queda vacío: la calle, y con ella el crimen organizado, están dispuestos a llenarlo. Las brigadas de reinserción son un paso necesario, pero insuficiente. El aula debe ganarle la batalla a la banda.
