miércoles, 5 agosto 2026
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Lee y escucha el relato completo de Dorys Rueda:

 

Al caer la noche, en la época en que no había luz en la ciudad de Ibarra, después de la merienda, cuando los platos estaban recogidos y la lumbre de las lámparas de aceite apenas iluminaban los rostros, las familias se reunían a contar historias. Predominaban aquellos relatos que causaban miedo y estaban impregnados de elementos sobrenaturales que entretenían, pero que también permitían a los abuelos y padres transmitir enseñanzas y valores. Así, surgían seres escalofriantes, entre los que estaba el “padre sin cabeza. Un espectro que recorría las calles empedradas de la ciudad bajo el manto de la oscuridad. 

Cuentan nuestros abuelitos de Ibarra que este ser hacía su aparición en la “hora del diablo”, cuando el reloj marcaba exactamente las 12 de la noche. Según relataban, era una figura horripilante que vestía una vieja sotana negra. Un hábito que cuando caminaba se movía con la intensidad del viento. Este detalle acentuaba su imagen fantasmal, haciendo que los miedos más profundos de los ibarreños salieran a flote. 

Caminaba muy lento por las calles.  Sus pasos eran como un golpeteo sordo y prolongado, casi arrítmico, que aumentaba con la fuerza del viento. Caminaba arrastrando los pies de manera ceremonial, creando un eco que resonaba en el silencio de la medianoche, a tal punto que algunos ciudadanos, años después, testificaban seguir escuchando este sonido en las noches de viento. Daba la impresión de que llevaba una gran carga espiritual y emocional, una pesadez que evidenciaba su eterna condena.

Afirmaban los ibarreños que lo más espeluznante y perturbador era que el hombre no tenía cabeza, lo que le daba al espectro una imagen grotesca e inhumana. Su simple aparición era suficiente para sembrar pánico y pavor, por eso, quienes lo veían de lejos, se alejaban murmurando una oración. Aquellos que se encontraban de frente con el aparecido, en cambio, huían despavoridos botando espuma por la boca. 

La gente hablaba de la decapitación del sacerdote, con susto. Un grupo afirmaba que fue el resultado directo de la traición del religioso a sus sagrados votos, porque había cedido a las tentaciones terrenales de la codicia y el amor prohibido. La decapitación, por ende, fue el precio de sus pecados, un recordatorio de que las acciones en vida pueden tener consecuencias duraderas, incluso más allá de la muerte. Decían los ciudadanos: “Es un alma en pena, un espíritu condenado que está en perpetua penitencia”.

Otro grupo significativo de habitantes abrazaba una versión compasiva del “padre sin cabeza”. Atestiguaban que la decapitación del sacerdote se había dado por un grave malentendido o una injusticia. El religioso, hombre de fe y devoción, se vio envuelto en engaños y traiciones y murió decapitado.  Haber fallecido de esta manera tan violenta era lo que le impedía descansar en el más allá. Por ello, vagaba por las calles de Ibarra, no para asustar a la gente, sino para buscar paz y sosiego.

Ninguna de las dos versiones correspondía a la realidad. La verdad detrás de la aterradora figura del sacerdote decapitado era más mundana. Un cura de un convento local tenía una relación con una mujer del pueblo. Esta relación ponía en riesgo su posición clerical y desafiaba las normas morales y sociales de la comunidad, pues estaba prohibido que un religioso se enamora de una mujer por los votos de castidad que le obligaban a permanecer célibe. 

Cada noche, sin falta, a las 12 en punto, el cura salía del convento aprovechando la oscuridad y el silencio para dirigirse a la casa de su amada. Un ritual clandestino que también le ponía nervioso pues enfrentaba la posibilidad de ser descubierto por los ciudadanos o por otros miembros de la iglesia. Consciente del riesgo que corría, ideó un plan para ocultar su identidad. Se vistió con la ropa más vieja que tenía, la que no usaba porque estaba desgastada, que consistía en una sotana y una capa negra. Antes de salir a la calle, se alzaba la capa y se amarraba alrededor de la cabeza, de tal forma que daba la apariencia de ser un hombre sin cabeza.  El disfraz fue efectivo porque le permitía moverse por las calles de manera anónima, sin ser reconocido ni molestado. En caso de que algún curioso se asomara, no representaba ningún peligro, ya que la sola visión de su figura era suficiente para que huyera despavorido.  De esta manera, podía llegar a la casa de su amante con toda tranquilidad. Una vez allí, se quitaba la capa y disfrutaba del encuentro. Al concluir su visita, se envolvía nuevamente la cabeza con la capa y emprendía el camino de regreso por las calles de Ibarra.

 
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