Hoy se conmemora el Día Mundial de la Dislexia. Es una fecha para nombrar lo que muchos niños viven en silencio: un esfuerzo invisible, sin yeso ni venda, que a menudo se confunde con pereza o distracción. Es oportuno decirlo con claridad: la dislexia no es falta de inteligencia ni de voluntad, sino una forma distinta de procesar el lenguaje escrito. Con apoyo oportuno, quienes la tienen aprenden, crean y llegan tan lejos como cualquiera. En Ecuador, entre el 5% y el 10% de los estudiantes presenta dificultades de aprendizaje asociadas a ella. El estudio más reciente en escolares halló indicadores en el 25,8% de los evaluados: uno de cada cuatro. Los casos se reparten casi por igual entre dislexia superficial (36%), fonológica (33%) y mixta (31%). Hay, además, una brecha injusta: estas dificultades son más frecuentes en escuelas públicas que en privadas, por razones socioeconómicas y no por los niños. El talento no distingue estratos; las oportunidades, sí. Detectar a tiempo protege la autoestima y cambia trayectorias. Exige maestros formados, evaluaciones accesibles y paciencia.
