El viernes pasado, el sorteo del Mundial recordó algo que el escritor uruguayo Eduardo Galeano, sabía bien: la cancha y el fútbol son de los pocos lugares donde reina una democracia temporal “efímera”. Durante 90 minutos, no importan apellidos ni cuentas bancarias, ni ideologías trasnochadas; ¡solo el talento con el balón!
Esa misma democracia permitió que el fútbol sudamericano resistiera la imposición del estilo europeo “civilizado”. Mientras las élites copiaban todo de Europa, nuestros jugadores afros, mestizos, mulatos, indígenas, montuvios y marginados respondieron con gambetas, creatividad y arte. Transformaron la discriminación en belleza, el rechazo en goles. Hoy, cuando vemos los grupos del Mundial, recordemos: cada partido es una batalla donde lo único que cuenta es quién juega mejor.
Esa igualdad efímera, para Galeano, es casi religiosa y sus profetas tienen nombres propios. Ojalá durara más allá del pitazo final.