Cada 22 de agosto, el mundo se detiene a celebrar el Día Mundial del Folclore, una fecha que trasciende la simple conmemoración para convertirse en un acto de memoria colectiva. Cuando William John Thoms acuñó este término en 1846, en las páginas de ‘The Athenaeum’, no imaginó que estaría nombrando algo tan vasto como el alma misma de los pueblos: sus danzas, sus mitos, su música, sus creencias heredadas de generación en generación. Hoy, honrar el folclore es honrar la identidad. Es reconocer que en cada canción popular, en cada leyenda susurrada junto al fuego, habita una forma de resistencia cultural frente al olvido. También es justo rendir tributo a los investigadores y difusores que, con paciencia y pasión, han preservado estos tesoros intangibles. En tiempos de globalización acelerada, recordar nuestras raíces no es un gesto nostálgico, sino una necesidad urgente para sostener la diversidad que enriquece a la humanidad.
