Hace seis años, George Floyd murió aplastado contra el asfalto de Minneapolis por la rodilla de un agente policial. Nueve minutos y veintinueve segundos que el mundo vio, y que no pudo ignorar. Las protestas que siguieron fueron históricas: millones de personas en más de sesenta países reclamaron lo que Floyd no pudo: aire, dignidad, justicia. El movimiento Black Lives Matter dejó de ser un grito marginal para volverse una exigencia global. Ahora, seis años después, el balance es agridulce. Hubo condena, hubo reformas, hubo conversaciones que antes se evitaban. Pero la violencia sistémica contra las personas afrodescendientes no desapareció. El racismo no murió con Floyd; simplemente quedó expuesto. Lo más grave es que cruzó latitudes hasta llegar a Ecuador con el caso de los cuatro menores de Las Malvinas, Recordarlo no es suficiente. La verdadera deuda es construir los sistemas que hagan imposible que vuelva a ocurrir.