Dos hechos específicos marcaron la semana en un país que ya está futbolizado. Por un lado, la muerte de Monika Silva, activista anticorrupción y por otro, Nathaly Mafla, estudiante carchense de la Escuela Politécnica Nacional. ¿Qué tienen en común estos dos hechos? La muerte de una mujer en situaciones desconocidas o mucho peor dudosas. En el primer caso, Monika era una activista que venía denunciando amenazas desde semanas atrás, incluso ante propio Gobierno y a la Asamblea, pero fue ignorada, porque resultó incómoda su presencia. Salieron incluso a determinar la razón de su muerte, con la simple hipótesis de suicidio por tema sentimental. Nada más desatinado y ruin. Pero acá no termina el asunto, la segunda muerte, de Nathaly, quien desapareció al salir de la universidad y luego fue hallada muerta en una quebrada; deja mucha incertidumbre. Nadie la auxilio en las calles mientras ella caminaba desorientada. Hoy no caben arrepentimientos, sí protocolos de seguridad desde las universidades, institutos y escuelas.