Han pasado 204 años, desde que hombres y mujeres de distintos orígenes subieron juntos al Pichincha con una sola certeza: que la libertad se construye en común. Ese ejército diverso, con uniformes dispares y armas hechas a mano, no se preguntó de qué región o territorio era cada uno. Simplemente peleó. Actualmente, Ecuador enfrenta otra batalla. Una que no tiene cañones, pero si balas y es la delincuencia organizada que fractura barrios, familias y esperanzas. Así como en 1822, ningún bando político, ninguna región, ninguna clase social está exenta. Las fechas patrias sirven para algo más que desfiles, condecoraciones o feriados. Deben servir para recordar que este país ya sabe unirse cuando el enemigo es común. Como ha pasado en terremotos, o en la pandemia. Esa memoria no pertenece a ningún partido ni a ningún caudillo. Pertenece a todos. Ganemos la batalla contra el hambre, el racismo, el desempleo y la corrupción.
