Un cuarto de siglo ha pasado desde aquella mañana en que el mundo vio caer las Torres Gemelas, golpear el Pentágono y estrellarse un avión en un campo de Pensilvania. Casi tres mil personas murieron en cuestión de horas, y con ellas se derrumbó también la ilusión de que la distancia y la rutina podían protegernos de la violencia extrema. Aquel día marcó el inicio de guerras, políticas de seguridad y un mundo más vigilante, pero sobre todo dejó una lección que sigue vigente: la vida humana es frágil frente a la incertidumbre geopolítica. Hoy, con conflictos activos en distintos continentes y tensiones que amenazan la estabilidad global, recordar el 11 de septiembre no es solo un ejercicio de memoria, sino un llamado a la prudencia. Ecuador, como el resto del mundo, no es ajeno a estas realidades. Honrar a las víctimas de entonces significa también reconocer que la paz nunca es definitiva, y que cuidarla es tarea de todos, cada día. Pero también nos enseña que el orgullo y el servilismo de los políticos de turno, que en su afán de poder, hacen vulnerable a la humanidad.
