Hoy se cumplen 101 años, desde que un 9 de julio de 1925, un grupo de jóvenes oficiales, sin ambición de poder personal, decidió torcerle el brazo a la plutocracia bancaria que asfixiaba al Ecuador. La Revolución Juliana no fue solo un cuartelazo: fue la respuesta necesaria de una sociedad harta de que la emisión monetaria estuviera en manos privadas y de que la crisis cacaotera se pagara con hambre popular. Poco más de un siglo después, la pregunta sigue siendo pertinente: ¿quién controla realmente la economía y en beneficio de quién? El Banco Central, la Superintendencia de Bancos, la Contraloría y el voto femenino nacieron de ese impulso reformista. En tiempos de nueva desconfianza institucional y de debates sobre dolarización y deuda, recordar el julianismo no es un ejercicio nostálgico, sino un reto a preguntarnos si las instituciones que heredamos siguen sirviendo al interés colectivo o a los caprichos individuales.
