La eliminación del subsidio al diésel en Ecuador ilustra una tensión fundamental en la gestión pública: el choque entre promesas electorales y realidades fiscales. El gobierno justifica su decisión aduciendo datos incompletos iniciales sobre el déficit estatal, revelando las complejidades de gobernar con información parcial. Sin embargo, lo más revelador es la estrategia temporal implementada: ocho meses de compensación que transfieren la decisión impopular del alza de tarifas a los municipios, justo cuando termine el período de gracia. Esta “delegación de responsabilidad” expone una mala costumbre política recurrente: dejar a los que vienen las decisiones necesarias pero impopulares. Los alcaldes de Quito y Guayaquil rechazan esta transferencia, dejando la incógnita suspendida hasta las elecciones de 2027. Lo que está en juego trasciende el transporte: es la definición de quién asume los costos políticos de las decisiones económicas difíciles en una democracia.
