El pasado 7 de agosto se cumplieron 102 años del cine ecuatoriano, una efeméride que debería celebrarse con orgullo, pero que este 2026 nos obliga más bien a la autocrítica. Desde la fusión que diluyó al antiguo Instituto de Cine y Creación Audiovisual dentro de una entidad genérica de fomento a las artes, las convocatorias se volvieron erráticas, las categorías perdieron sentido y el largometraje —columna vertebral de nuestra cinematografía— quedó relegado frente a formatos de ocasión. El resultado es visible: pocas películas ecuatorianas llegan a las grandes plataformas o festivales, y las que se estrenan en salas locales apenas convocan público. El cine ecuatoriano no necesita solamente nostalgia por sus hitos pasados, sino una política pública seria, estable y con visión de largo plazo. Sin una institución dedicada y sin apoyo sostenido, el cine nacional corre el riesgo de convertirse, literalmente, en la última rueda del coche.
